martes, 9 de abril de 2013

Tiempo de cenizas


Sobre las secas estepas y las rocosas colinas de bordes afilados se extienden las sombras y el silencio que preceden al atardecer. El horizonte se tiñe de púrpura y dorado, y los restos cobrizos y aún cálidos del día se convierten en un preciado recuerdo para los jinetes nómadas, obligados a pernoctar en improvisadas tiendas hasta la llegada del amanecer. En el centro de un pequeño campamento nómada arde con fuerza una gran hoguera, cuyas altas y resplandecientes llamas iluminan con reflejos anaranjados los aceitados cuerpos de los silenciosos jinetes. Uno de ellos, pintado de rojo a la manera ritual, parecía absorber el fuego con la mirada. En sus ojos grises arde el deseo, y su musculado torso se agita por la excitación del momento.
Una mujer de piel cobriza se adelantó al grupo y caminó hacia las feroces y rugientes llamas. Tras alargar un brazo cubierto por entero de amuletos y brazaletes, deja salir de su boca extrañas y repetitivas palabras, conocimientos legados a través de generaciones por la sabiduría de los ancianos hechiceros. 
-Soles y vientos, que traigan un nuevo amanecer -musitó-. Nunca debe caer la Noche Eterna. El sacrificio de los nómadas siempre traerá la luz al Mundo Oscuro.
El guerrero, llevado por la trascendencia ritual, salió de su lugar y se acercó a la bruja por la espalda. Su corazón quería hablar, advertirla, pero sus labios estaban sellados. Acto seguido, movido por el imperioso deseo de guiar a su pueblo como Señor de las Estepas, empujó a la mujer hacia las llamas, cuyos gritos resonaron por toda la planicie como ecos de dioses primitivos. Poco antes del amanecer, los lamentos cesaron, justo cuando la aurora empezaba a teñir de rojo sangre el horizonte. 
El tiempo de las cenizas había llegado, y los nómadas debían cabalgar para poder contemplar nuevos amaneceres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario